
Apertura: todo lo que hicieron (20 minutos)
Se despliegan todos los materiales del proceso. Los textos, los mapas, los dibujos, las cartas al visitante. El tallerista nombra cada cosa: esto lo escribieron en el primer encuentro. Esto lo dibujaron en el cuarto. Esto lo grabaron.
Ronda de cierre (60 minutos)
Cada participante dice, si quiere, una palabra que resuma su lugar en el mundo. Una imagen. Un gesto. No hay obligación de hablar. El silencio también vale.
Luego, una ronda más abierta:
¿Qué me llevo de este proceso?
¿Qué aprendí que no esperaba aprender?
¿Qué le diría a ese lugar que imaginé?
Celebración del proceso (40 minutos)
Se comparten los fanzines, los dibujos, las historias. Si hay posibilidad, se imprime algo, se arma algo físico que quede. El cierre no tiene que ser solemne. Puede haber mate, puede haber música, puede haber silencio compartido.
El tallerista cierra con palabras propias, no con fórmulas. Dice lo que vio, lo que le quedó, lo que le sorprendió de este grupo en particular.
Clave metodológica
El último encuentro no es solo el final del taller. Es el reconocimiento de que cada participante produjo algo que antes no existía: un mundo posible, propio, narrado desde adentro. Eso merece ser celebrado sin prisa y sin solemnidad excesiva. El tallerista es el primero en celebrarlo.
